PEDRO ANTONIO GONZÁLEZ MORENO: "El ruido de la savia"

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En este nuevo  poemario de Pedro Antonio González Moreno, más incluso que en cualquier otro de los suyos, he aprendido lo que es un libro que es solo posible desde la madurez , desde un largo proceso de aprehensión de la realidad en que se ha educado a los ojos a mirar hasta la esencia de las cosas para rehuir su apariencia accidental y apreciar su potencial de convertirse indefinidamente en vida y regeneración de la belleza (“El ruido de la savia”, “Orza de luz”, “La voz de la  madera”), . Como peaje gozoso de envejecer, se consigue, por concesión más de la humanidad que del talento, aunque de aquella el autor vaya sobrado, esa “savia” que no es solo el camino hacia la revelación de las cosas, sino el propio equilibrio interno logrado a partir de la tolerancia con los límites de uno mismo y de la vida, evitando el desgarro y la histeria de no aceptar el mundo como tal sino de intentar hacerlo obedecer a la intransigencia de nuestros sueños.

 Dicho esto, la sección incial "Raíces de un árbol genealógico"  conmociona por su retrato de la poesía como un don heredado, cuya esencia es el dolor de la confrontación del hombre con la supervivencia ( en su cotidianidad brotan infinidad de alegorías del decir poético o el mismo crecer existencial cuya hondura el tiempo irá paulatinamente revelando: “El picón de la infancia”, “Construir”, “El arca”, “La canción de la llana”) y la necesidad de conjurar su propia debilidad, verbalizarla (vivir y escribir como aprendizajes simultáneos) es un acto de acción de gracias en el que el poeta afianza la dignidad de la humildad (convertida en una suerte de aristocracia en “Heráldica”) y se reconoce a sí mismo como proletario de la palabra en un acto de alineación espiritual con los suyos en el que encuentra su identidad (“La patria de los míos”, “Turbio oficio”). Este es el aliento de Claudio Rodríguez ,el de "Alto jornal", el de "Día de sol" o "La contrata de mozos", el de esos poemas en que imágenes asociadas al trabajo  rehúyen su connotación negativa previsible para alumbrar el gozo de ser vida entregada, y son muchos los versos en que retumba. 
 La tercera parte metapoética (y magnífica) apuntala y ensancha las anteriores: en consonancia con la filiación emocional con la tierra, la palabra vivida como una pasión de intensidad telúrica , de regreso a lo primitivo en que nos aguarda el consuelo (“Quinto elemento”),  aspiración a una poesía que no retrata la realidad sino que la re-crea y en la que la vida retoma su juventud y su inocencia ante la amenaza de la muerte (“Aleación improbable”, “La luz no escrita”) que se autofecunda en un ciclo gozoso para afirmar una visión optimista y equilibrada del existir (“Hermes y el sueño del mercurio”), que repudia el ensimismamiento formal y aspira al dinamismo de lo vivo afrontando el vértigo o la indiferencia (“El río”),  reto que se acepta asumiendo el riesgo de una enajenación (convertida paradójicamente en cordura) o la confrontación con el dolor que se ha ido sedimentando como paisaje de fondo del existir (“Última barricada”).

En esta escalada hacia la plenitud que va trazando el libro, se tenía que llegar  al amor y el erotismo como consumación, cuyo retrato se inicia, para enlazar sabiamente con la sección anterior, con la poesía concebida como corporalidad predispuesta al placer (en un sentido que supera lo carnal sin dejar de serlo literalmente) encontrado en el roce con el otro, asumido el riesgo del dolor que su honestidad no puede sino confesarse (“Anatomía esencial”: Aprendimos muy pronto/que el poema era el cuerpo/sagrado del amor/pero también los bordes exactos de la herida). Y tras la tentativa de que la palabra pueda sugerir esa trascendencia que se ha encontrado en el amor (“Con otra tinta·”, “Palabras recién cortadas”), no puede sino consignarse su fracaso ante lo inefable y la ensoñación de que la unión erótica pueda ser una suplantación del lenguaje en que se afiance un anhelo que necesita de su expresión para saberse vivido en su totalidad (“De un tiempo sin nosotros”, “Altar”). Esta desazón es un prólogo inmejorable a la premonición de la muerte de la última sección de poemas (dos textos que valen por un poemario entero), conmovedora al relativizar la nada en la convicción de que la existencia debe ser vivida y celebrada al margen de la aniquilación propia o de lo que se ama (“Mañana, la intemperie”), una grandeza de humanidad que tiene su compensación en el logro de la sublimación del dolor de la ausencia a través de un recuerdo hecho palabra que tiene la intensidad y la potencialidad consoladora de lo vivo (“El árbol donde creces”). 


 No he dicho apenas nada sobre la calidad de la factura formal ni sobre la impecable distribución estructural de los poemas (a estas alturas, me parecen tan consustanciales a su "ser" literario que citarlos es una redundancia) pero sí habría que señalar dos cosas: de un lado,la inmensa plasticidad y riqueza de las imágenes, sobre todo en tantos momentos en que añaden toques de descripción lírica impresionista que se contrapone a su condición de retratos o estampas de descripción realista de un mundo ya extinto (“Espejismos”). Y de otro y más importante: hacía tiempo que no leía un poemario en la última lírica española en que nada sobrase (literalmente: nada), que no tuviese alguna irregularidad ni una caída inevitable en la "relajación". Cualquier lector, como es obvio, tiene sus predilectos, (una docena bien larga...) pero no podría negar que todos están construidos con el mismo grado de exigencia, con el único enfoque posible para escribir poesía que merezca ese nombre: afrontar cada poema como si pudiera ser el último, como si se escribiera desde la inminencia de nuestro final, que no es una sugestión metafórica sino una imposición real. Y aquí ya no estamos hablando de más o menos "habilidad" o talento formal, sino de respeto por el oficio que uno ha elegido, justo lo mismo que ha malogrado a tantos que tenían cualidades inmejorables.